Cuaresma: Abandonar la indiferencia egoísta en pos de una fraternidad universal

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“Orad…, pues la carne es débil” (Mc. 14, 38). Es Jesús el que advierte. Tendrás que nadar contracorriente, porque el ambiente no te ayudará a orar. Tendrás que ser tú quien busque momentos para ponerte en sintonía con la muerte y la resurrección de cada día, en la que sigue muriendo y resucitando el Señor. Tendrás que ser tú quien abra el oído para escuchar el rumor del paso del “Otro” en los pasos de tu gente. Tendrás que ser tú quien descubra brotes de vida solidaria y liberada en la atonía de la vida obrera, y resquicios de humanidad en la inhumanidad que genera el sistema. Tendrás que ser tú, como un nuevo “bautista”, el que identifique y señale a Jesús entre la gente que buscan la justicia en medio de la noche. Tendrás que ser tú el que afine la voz, para proclamar, con ternura, una Palabra de Vida, que no es tuya. Tendrás que ser tú el que apriete el paso, para acompañar a los débiles. Y, desde luego, tendrás que ser tú el que abra tu corazón, para que Jesús te lo llene del agua que brota hasta la vida plena, porque, “sin Él, nada podrás hacer”. Tendrás que aprender a vivir en equipo, en comunidad, con los otros en la familia, en el trabajo, en el barrio, porque una vida tan humana no se puede vivir a solas. Tendrás que ser tú el que se atreva a expresar le novedad de “la vida nueva” en tu pequeño mundo, haciendo tuyo sus dolores y sus gozos. Tendrás, una vez más, que atreverte a orar al aire de los pobres y del Espíritu.

Pablo nos hizo ver que la fe en el Cristo resucitado y el seguimiento del Jesús crucificado comporta necesariamente un “con-sufrir con Cristo” y un “con-resucitar con Cristo”. Esta experiencia, hoy, solo la podemos vivir acompañado de las víctimas. Ellas son la imagen del Crucificado, “sin figura, sin belleza, sin rostro atrayente.” Son pobres y, además, aplastados y torturados, “llevados a la muerte, sin justicia”. Extrañamente, los crucificados de hoy, son, para nosotros “luz” que ponen al descubierto la pecaminosidad de este mundo y la injusticia que deshumaniza; son portadores de los valores genuinamente evangélicos; y significan un enorme potencial de esperanza al dejar en evidencia el fracaso de la solución capitalista. Hay que acompañar a los crucificados de hoy desde un compromiso ineludible: bajarlos de la cruz, como la mejor manera de celebrar la Pascua del Resucitado.

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